Año 2256. Lugar: las ruinas de lo que alguna vez fue la ciudad de Buenos Aires, capital de un país que ya no existe. La crisis de la energía ha arrasado con la humanidad. En el año 2134, el último barril de petróleo aún en venta costaba 10 millones de dólares... Y luego el dinero ya no servía para obtenerlo, tan sólo la violencia.
De pronto, la humanidad descubrió que los últimos vestigios de la era del combustible fósil habían sido almacenados por un oscuro grupo: Los Camioneros. Se hacían llamar así en honor a una vieja estirpe que ya no existía, a un vehículo del cual sólo se conservaban fotografías. Los Camioneros comenzaron a utilizar el combustible para ganar poder, y pronto las ruinas del planeta Tierra fueron suyas. La población no siempre obedeció con mansedumbre, y las guerras y matanzas que siguieron marcaron un nuevo hito en la capacidad del hombre de destruirse.
Eddie McPeluf caminaba esa tarde entre los escombros al lado del río. El agua estaba cada año más limpia. Una brisa fresca soplaba desde la desembocadura, la pesca era buena, y bañarse no traía más que un leve ardor en las pieles sensibles. Los últimos restos de desechos tóxicos se despedían. Sin embargo, Eddie no estaba contento. Su hermano Jack, que lo había cuidado desde la muerte de sus padres, había sido descubierto como traidor a la Resistencia, un grupo que trataba de derrocar el gobierno fascista de los Camioneros. Eddie no sabía qué le molestaba más: la puñalada artera de Jack o el hecho de que, por transferencia, todos parecían desconfiar de él. Jack lo había metido en la organización, y nadie podía creer que nunca le hubiera confesado sus planes al hermanito menor. Lo peor es que era la verdad. Jack lo había metido en la Resistencia para ganarse la confianza de sus compañeros, pues Eddie era un tipo intachable. Y ahora una sombra flotaba sobre su cabeza, y Eddie no sabía cómo quitársela.
La madrugada le iba a dar una oportunidad. Cuando llegó al refugio de Joe Mary, el Spaniard, la charla revolucionaria estaba en plena ebullición. Giovanni Euri, un sinvergüenza querible que se encargaba de las telecomunicaciones, armaba el equipo para sabotear una torre de radio que mandaba las coordenadas de los camiones de combustible. Los barriles se movían una vez por semana, y siempre a un nuevo escondite secreto. Entre chistes, cerveza casera y palmadas en las nalgas a las muchachas roñosas que daban vueltas por el refugio, Giovanni eligió a Freddy Crumb. Freddy era un mecánico de veinticinco años, siempre corriendo detrás de las mujeres, un carismático natural... A Eddie se le ponían los pelos de punta en cuanto se le acercaba. No podía decir por qué, pero ese tipo no le inspiraba la menor confianza. Quizás porque él también había traído a su hermano, Paul Crumb, a la resistencia. Paul Crumb era un matemático consumido por su paranoia, que a su vez era producto de las largas sesiones de tortura a las que había sido sometido por la Autoridad para quitarle la fórmula de energía limpia que estaba desarrollando. Luego, se encargaron de destruir las materias primas necesarias y eliminar esa posibilidad. Paul podría haber cambiado el mundo, y ahora sumergía su rabia en aguardiente. Lo único que le quitaba su pesar era el Perro, un muchacho que había recibido una dosis enorme de radiación en el cerebro y pasaba el día correteando de aquí para allá, haciendo reír a todos y hablando de cosas que sólo él veía. Como era de esperar, nadie lo llevaba a ninguna misión, principalmente para protegerlo. Lo bueno es que como estaba ido de la realidad, nunca había que sacarlo de la habitación para charlar temas sensibles. Toshiro, era su nombre, y lo había heredado de su tatara tatara tatara..... tatara abuelo, lo mismo que el viejo sombrero de fieltro que llevaba a toda hora. "Plot Car!" Solía gritar cuando estaba excitado. Nadie sabía a qué se refería, pero era gracioso. Se daba maña con las máquinas, ayudaba a Freddy en el taller, y tenía un especial talento para armar explosivos... seguramente porque ni sabía que si se equivocaba, terminarían todos en mil pedazos. El temor que frenaba a los demás, él no lo conocía.
Freddy Crumb sintió el ruido de los pasos y se volvió a mirar a Eddie. "Mirá lo que trajo el viento!", anunció, con un dejo de sarcasmo. Eddie apretó las muelas. Giovanni, quizás para molestar a Freddy, quizás porque estaba aburrido, le encomendó a Eddie acompañar la misión. Así que serían ellos dos, Freddy Crumb y Eddie Mc Peluf. La idea de tener que atravesar la tierra yerma con esa sanguijuela lo irritaba, pero órdenes eran órdenes, y había que acatarlas.
Estaban preparando el equipo cuando Giovanni salió de la habitación en busca de algo para comer. Ni bien los pasos de Giovanni adelgazaron lo suficiente en la distancia, Freddy Crumb se acercó al grupo, y en voz baja:
-Acabo de interceptar una comunicación de Giovanni. No pude desencriptarla a tiempo, él es un tipo demasiado hábil, pero conseguí grabar esto...
Freddy reprodujo una grabación en la que se escuchaba a Giovanni hablando con alguien. No era claro lo que discutían, ni tampoco era una evidencia concluyente, pero a los oídos ingenuos del resto del grupo, era suficiente para comenzar a sospechar de Giovanni. El único que no prestaba atención era Paul Crumb, pues se divertía mirando al Perro Toshi perseguir una rata imaginaria. "Plot Cat!" gritaba el Perro. Para Eddie, la tierra que Freddy Crumb estaba arrojando encima de Giovanni Euri era la mejor evidencia de su oscuridad. Su propio hermano había hecho una jugada similar. Los verdaderos espías, los mejores, los más peligrosos, se caracterizan por desviar sospechas delatando a sus compañeros en la traición. Ni siquiera Giovanni debía saber lo que Freddy cocinaba. Pero, ¿cómo desenmascararlo sin que Freddy se la terminara jugando? Eran todos tan paranoicos, y su credibilidad había caído tanto...
La misión fue un éxito, como era de esperar. El objetivo era tan pequeño... Buen traidor, pensaba Eddie, sabés que no vale la pena arriesgarse por una torre de comunicaciones. Al regreso en la guarida, Crumb era todo sonrisas y simpatía, mientras su hermano jugaba con el Perro Toshi, los dos en su mundo privado.
A pesar de que Eddie había tenido tanta responsabilidad como Crumb en el éxito, nadie lo felicitaba. Incluso, eligieron a Freddy como líder la próxima misión. Era un poco más compleja, el robo de unos documentos que estaban custodiados en una caseta de vigilancia en el medio de la única ruta que quedaba en pie en diez kilómetros a la redonda. Valiéndose del resultado de la torre de comunicaciones, Crumb propuso que fueran ellos dos y Martin Cavaliere, un joven de buen carácter, afable y cordial... hasta que sacaba las armas. Él sería la fuerza de choque. Joe el Spaniard estuvo de acuerdo, hasta el Perro y Paul Crumb dejaron sus pasatiempos para dar su visto bueno. A Eddie no le quedó alternativa, tuvo que decir que sí.
La misión fue otro éxito... Martin era una bestia salvaje, una vez que entraba en modo cacería. Los pobres tipos que cuidaban los documentos no llegaron a levantarse de sus sillas, y el que estaba parado ni supo quién le abrió la tapa de la cabeza. Y tan tranquilo que parecía... Nunca se sabe qué esperar de la gente de la Resistencia, se dijo Eddie.
¿Quizás se había equivocado con Crumb? Freddy estaba llevando una misión exitosa tras otra, y nada hacía pensar que era un traidor. ¿Podría ser que su propio pasado con su hermano, Jack Mc Peluf, lo estuviera confundiendo? No podía echarle culpas sin fundamento, tenía que estar seguro. Si lograba que lo fusilaran a Freddy y luego se descubría que no era un traidor, no sería capaz de perdonárselo.
Así que Eddie Mc Peluf se vistió de negro, se escondió en un rincón del refugio, entre los trozos de una pared derrumbada, y esperó... Pasó allí horas sin que sucediera nada de interés, apenas Martin, Paul Crumb y el Perro Toshi lanzándose una pelota de trapo, o Joe el Spaniard contando el dinero que había ganado en su último juego de cartas... Hasta que, cerca de las cuatro de la mañana, cuando todo el mundo dormía, Freddy Crumb entró, acompañado de Giovanni Euri.
-Me cagaste con lo que hiciste, Freddy -le reprochaba-. Tengo que andar con cinco ojos en la espalda, en cualquier momento me pasan por las armas. Todo esto es tu culpa, no sabés laburar en equipo.
-Tenés que ver el panorama completo, la foto desde lejos -trataba inútilmente de calmarlo Freddy.
-Tu culo lo vas a ver desde lejos, cuando te lo separe del cuerpo de una patada.
La conversación siguió algunos minutos, y luego Crumb y Euri se fueron a fumar un cigarrillo a la habitación con el techo colapsado. Eddie se escurrió entre los trozos de concreto y fue a despertar a todo el mundo. Uno por uno, los iba convocando al patio de reuniones, donde les contó del incidente y los urgió a pasar por las armas a los dos traidores. No pequeña fue su sorpresa cuando su relato concitó la desconfianza de sus compañeros. ¿Era posible? No le creían, estaban más dispuestos a dejar que las sombras cayeran sobre él mismo antes que sobre Crumb. Eddie levantó la apuesta, comenzó a relacionar hechos. Se enardeció. Parecía estar comenzando a surtir efecto. Y justo entonces, cuando las miradas de los compañeros daban paso al conato de aceptación, por uno de los huecos surgió el Perro Toshi, con la lengua afuera, sonriendo, un cachorrito en los brazos. Ya no era común ver perritos en las ruinas. Las radiaciones los habían aniquilado, lo mismo que al resto de la vida animal. Los perros, los gatos y demás especies florecían ahora lejos de las concentraciones urbanas, donde apenas guardaban vestigios de su pasado doméstico. La aparición de Toshi con el perro corrió el foco de la cuestión. Eddie creyó ver un rastro fugaz de intención en su rostro. Y luego desapareció. No, si el cerebro de Toshi estaba cocinado por la radiación. Por eso le decían el Perro. No había manera en la Tierra.
Eddie trató de recuperar la atención de sus compañeros, pero fue en vano. Se fue a dormir frustrado y violento. A la mañana siguiente, se desayunó con que el equipo de la siguiente misión ya estaba elegido. El Spaniard jugaba a lo seguro. Los enviaría a los tres, de nuevo, a utilizar los códigos de los documentos y robar el camión antes de que saliera en la reubicación semanal. Diez barriles de combustible. Un golpe devastador, y el principio del cambio.
Martin se atragantaba con sus propios gritos mientras lo metían en el refugio. Todo había salido mal. Los habían estado esperando, y una vez herida la fuerza de choque, sólo quedó la retirada. Martin aullaba en el trayecto de vuelta, mientras Eddie le presionaba la herida para retener la sangre y Freddy pedaleaba con la mayor fuerza que le permitían sus piernas. Por un momento, Eddie creyó que su compañero realmente quería salvarlos. Luego recordó las habilidades de un verdadero traidor, lo profundo que llegan. Había escuchado su confesión involuntaria y aún así lograba hacerlo dudar. Había que reconocerlo, ese tipo era un genio, y el peor hijo de puta que hubiera conocido.
El clima triunfal dio paso a la paranoia. Las acusaciones volaban de un lado para otro, y por primera vez los compañeros parecían dispuestos a creer en Eddie. No podía desaprovechar la oportunidad. Comenzó a rosquear, a llevar y traer mensajes, a reunirse en privado con cada uno, a buscar el punto débil. Su trabajo era preciso y eficaz, pero por algún motivo, cada vez que se trataba de votar un equipo, la votación fracasaba. Para colmo, dado que Euri estaba bajo sospecha, que Martin estaba recuperándose de su herida, y que Paul vivía en un estado de paranoia extrema del cual sólo emergía para charlar con el Perro Toshi, se comenzó a proponer lo impensable: que el Perro fuera a la misión. Y para eso, había que dejarlo votar en serio. Y las consecuencias eran imprevisibles. Pero se lo necesitaba. La única manera de ganar el terreno perdido con el último fracaso era una bomba en la entrada subterránea de la Comandancia Regional de los Camioneros, y para eso había que robar los materiales, y sólo el Perro los conocía y era capaz de identificarlos y combinarlos a simple vista.
Por suerte, a nadie se le ocurría proponer a Freddy Crumb para la misión. El equipo ya estaba a punto: el Perro, Paul, Joe, Eddie. Si los votos lo permitían, las cosas saldrían bien. Los dos traidores se quedarían en el refugio, impotentes. Eddie no podía dar crédito a sus ojos cuando vio los votos negativos de Paul Crumb y del Perro. ¿Por qué? Malditos imbéciles, por que??? Quería gritarles, estrellar sus cabezas contra una roca, pero bastantes sospechas colgaban encima de él. Paul no tenía una explicación lógica, decía que el Perro no quería salir con ellos, y que si el Perro no quería, él tampoco. Su paranoia había llegado a un límite que no admitía discusión. Su único amigo era Toshi, y el resto, salvo su hermano, potenciales enemigos.
Eddie comenzó a enojarse con el Perro, pero con cada frase que le tiraba, el grupo se le echaba en contra. El Perro era inimputable. Y aún así, no podían ver que por su culpa, la Resistencia se hundiría y con ella, las vidas de cada uno de los leales a la causa. Eddie se sentía un hombre de dos ojos en un país de ciegos y sordos. La votación se convirtió en una farsa, las opiniones cambiaban al menor estímulo, y ya nadie parecía estar usando la cabeza. Freddy Crumb aprovechaba la confusión para adelantar sus objetivos, y finalmente el equipo que él quería se propuso: Freddy, Giovanni, Paul, Joe Mary. Eddie comenzó a gritar, desesperado. Era el fin. Si al menos uno solo de los dos traidores fuera a la misión, el resto lo podría vigilar, pero así... Era demasiado. Cuanto más se esforzaba, menos le creían sus compañeros. El mundo se había puesto patas para arriba. "Plot Cat!" gritaba el Perro, y los demás apuraron sus votos, y la misión se aprobó.
El silencio de su regreso anunció el fracaso de la misión. Eddie pidió que le contaran lo ocurrido, pero los rostros apesadumbrados no parecían dispuestos a abandonar su mutismo. Hasta que Joe Mary decidió quitarle la inquietud, quizás para no tener que aguantar más sus preguntas. Giovanni era un traidor. Freddy Crumb lo había descubierto manipulando los explosivos que el Perro Toshi necesitaba para hacer la bomba, y además había alterado la lista que el Perro confeccionó con sus dibujos infantiles. A Crumb no le había quedado más opción que matar a Giovanni, pero ante la pregunta de Eddie referida al cuerpo, Joe Mary no podía ofrecerle precisión. No, nadie había visto el cadáver, pero lo que sí habian visto, el tiroteo, Giovanni cayendo al río embravecido, no dejaba mucho lugar a dudas. La misión había fracasado, y ni siquiera por el intento de Euri. De nuevo, los Camioneros habían estado un paso antes que ellos, en cada oportunidad. Euri no es el único traidor, parecía estar a punto de decirle Joe Mary, pero hasta su confianza en Eddie había disminuido. Joe Mary era el mayor, el experimentado, y hasta ahora se había mantenido a salvo de las manipulaciones de Crumb. Si perdía su apoyo, Eddie no tenía esperanza.
Había una última oportunidad de asestar un golpe a los Camioneros. Era una misión casi suicida, pero el tiempo apremiaba y el grupo no admitía un plan elaborado. Demasiadas chances de que el traidor lo arruine. Las discusiones comenzaron. Los compañeros se gritaban, enfurecidos, lanzándose acusaciones frente a cualquier excusa, por ridícula o leve que fuera. Eddie trataba de inyectarles un poco de sentido común, les explicaba cómo Crumb había orquestado todo, que la mejor manera de un traidor de hacerse con la confianza del grupo es vendiendo a otro espía, pero nadie terminaba de convencerse. Martin le dijo que parecía saber demasiado de cómo actúa un traidor, y le preguntó si eran las lecciones de Jack Mc Peluf que había aprendido. Se necesitaron cinco compañeros para separarlos, y el hecho de que Martin aún estuviera herido no ayudó a la opinión que los demás tenían de Eddie.
Mc Peluf decidió ir a tomar aire fresco a una de las habitaciones con el techo colapsado. Salteó los escombros, se recostó en una esquina y sacó un tabaco de su bolsillo. No solía fumar, costaba demasiado dinero y quitaba agilidad, pero la situación lo superaba. Sentía que estaba en una pesadilla. Tenía toda la información, toda la verdad, y no le servía de nada. De niño, siempre había creído que bastaba con la verdad para resolver cualquier conflicto, y que se trataba tan sólo de encontrarla. El paso a la adultez había sido una desilusión tras otra.
Desde el fondo del edificio, se acercaron unos pasos. Una sombra apareció en el marco de la entrada, salteando los escombros. Cuando la luz de la luna bañó la sombra que se movía, reveló las facciones del Perro Toshi.
-Ah, sos vos. Dejame tranquilo, Perro idiota. Andá a perseguir un hueso o a olerte el culo -escupió, con un gesto brusco de la mano.
-No alcanza con conocer la verdad, Edward.
Cada fibra de cada músculo de su cuerpo se erizó al instante. Giró la cabeza y se encontró con los ojos del Perro, esos ojos vacíos... Sólo que ya no estaban vacíos. La película brillosa que los cubría se había esfumado también. El dejo de baba que solía aparecer en la comisura de su boca, y colgando de su labio inferior, no estaba allí. En su lugar, una expresión de perfecta y aterradora calma.
-¿Qué...? Qué dij...
-Nunca alcanza con la verdad. Eso tendrías que haberlo aprendido ya, Edward. Lo peor es que sos un tipo inteligente. No tanto como para darte cuenta de que al lado tuyo vive desde hace años un infiltrado haciéndose pasar por débil mental, pero sí, inteligente. Por ejemplo, en este preciso momento el que ustedes conocen como Giovanni Euri está hasta las orejas de vino, enroscado entre dos gemelas asiáticas. ¿De qué te sirve saberlo? ¿Alguien te va a creer?
-¿Qué querés? Decime qué querés y dejame en paz.
-Hay promesa en vos. No sé si serás capaz de hacer a un lado toda tu ingenuidad idealista, pero si lo lográs, hay un futuro brillante. Te ofrezco una última chance, unirte a nosotros, derribar este juego de niños que han armado, y te prometo riqueza, comodidad, más mujeres de las que tu cuerpo podrá soportar.
-Nunca.
-Sabía que ibas a decir eso -el Perro tomó una roca del piso, la estrelló contra su mejilla, y salió corriendo.
Eddie salió disparado detrás suyo. Si los demás le creían, que Eddie lo había atacado, era el fin. Había caído en su trampa. Qué estúpido que fui, pensaba mientras corría hacia la habitación donde estaban reunidos los compañeros.
-¡No crean nada de lo que dice! ¡Es un traidor! ¡El mismo se hizo esa herida en la mejilla, yo no le pegué!
-Claro que se la hizo él mismo -dijo Martin Cavaliere- Vino corriendo como un loco, estaba contento por algo, creo que perseguía al cachorrito, y se tropezó y se golpeó la cara. Lo vimos todos -en sus ojos había odio.
-El perro, ¿un traidor? -dijo Joe Mary- Llegaste demasiado lejos.
-¿Cuán bajo podés caer, Eddie? -los labios de Paul exudaban veneno.
Todo fue un parpadeo desde allí. Los compañeros que lo ataban, la sonrisa de Feddy Crumb, la votación que aprobaba al equipo, el Perro dejando que Paul lo ayudara a vestirse para la misión, con su cara de imbécil y sus ojos vidriosos... Y luego, el vacío, la espera, el desprecio de Martin.
Y luego, las botas, los soldados que irrumpen en el refugio. Los disparos, los guardias que van cayendo uno por uno, Martin que no alcanza a desatarlo y le pide perdón antes que un culatazo lo duerma. La aparición fugaz de Freddy Crumb, dando órdenes, indicando los lugares donde se escondían las armas. Y él.
Caminando tranquilo, con sus botas resonando en el suelo de cemento, completamente vestido de negro, con una campera de cuero de vaca, como era la costumbre de reglamento para los del Sindicato -la Corporación, los Camioneros, tantos nombres para la misma bestia-, una estrella roja en su sombrero. Y un grupo de subalternos que le besaban los talones.
-¿Qué hacemos con los prisioneros, General Budini?
El Perro Toshi no despegó los ojos de Eddie cuando respondió.
-Mátenlos a todos.
Luego dio un par de pasos y vio a Paul Crumb, con su capucha negra que no le permitía ver nada.
-A éste no lo lastimen. Es una basura rebelde, pero me cae bien. Además, es el hermano del General Crumb.
-Entendido, mi General. ¿Y con éste? -Eddie vio al soldado señalarlo justo antes de que la capucha lo cegara. La voz del General Toshiro Budini sonó áspera en su burla.
-No sé -unos pasos se acercaban-. Es tu hermano, Jack. Hacete cargo.




La mejor partida de Resistance de la historia de la humanidad y de todos los multiversos cuánticos.
ResponderEliminarTodavía recuerdo esas dos gemelas asiáticas...
ResponderEliminar:D
Ellas también te recuerdan
ResponderEliminarseh, que partidazo, el broche de Oro de "tenés que darle tu carta de lealtad a un jugador", que momento teté!
ResponderEliminaragarra la carta que le pasaron, la mira, y bufando exclama "es espía", y todos se ríen y nadie le cree.
ResponderEliminarfue demasiado bueno ese partido!
La mesa estaba dividida... ambos esgrimían poderosos argumentos... a quién creerle?
ResponderEliminar- Es el espía!
- No soy el espía!
- Es el espía!
- No soy el espía!
- (Plot card!!!) Mostrame tu carta!
- (se la pasa)
- (la mira) (se la devuelve) Es el espía...
- Elóooo??
Me-mo-ra-ble :D
En realidad YO lo elegí para darle mi carta, y así sellé su destino....
ResponderEliminarMUAJAJAJAJAAAAAAAAAA!!!!!
y sí, inolvidable!