El día comenzó de manera extraña cuando el detective Toshiro Budini se olvidó su sombrero en un taxi. Parecía un incidente como cualquier otro, pero él sabía que detrás de eso se escondía la mafia de las heladeras. Sus sospechas eran bien fundadas. Al llegar al departamento de la víctima, el reconocido actor Eduard MacPeluf, se enteró de sus famosos labios el destrozo que la mafia de las heladeras había efectuado en su casa. No obstante su preocupación, el actor no era capaz de apagar su carisma natural, que emanaba hacia el grupito de admiradoras en paños menores que daban vuelta por su domicilio, semi ebrias y en estado lamentable. El detective Budini, asqueado por tamaña decadencia, apenas sintió los pechos de una o dos de las admiradoras.
En el departamento de MacPeluf se encontraba el fiscal de distrito, Giovanni Eurogiocchi, un amigo de parranda de MacPeluf de sus años de universidad. Al parecer MacPeluf tenía un par de secretos que enterrar, y esto no era un asunto para la policía. Por eso me habían llamado. Las piezas comenzaban a encajar unas con otras.
Al fiscal de distrito le gustaba charlar del caso utilizando piezas abstractas, como si se tratara de un juego. Una mente enferma, a la cual el detective siguió la corriente sólo por ver a dónde lo llevaba. Resultó de mucha utilidad, para sorpresa de Budini, y al final de la partida ya se hacía una idea de cuál era el secreto a esconder. La pila de fichas de Giovanni Eurogiocchi en poder del detective, además de su rostro compungido, le dijeron al detective que había averiguado más de lo que el fiscal quería. Sus palabras lo traicionaban.
Mientras tanto, el rutilante actor se esmeraba en hacer sentir cómodos a sus huéspedes, trayéndoles los más finos elixires, fijándose de que nunca les faltara nada. Pocos minutos después, llegó al departamento el conocido capo mafia de la zona oeste, Vittorio Di Santa María Novelli. Un hombre sangriento, pero que había compartido los mismos años de formación y de debaucherie con los dos antemecionados sujetos. En resumen, un tipo de cuidado, al que mejor no andar molestando con pequeñeces.
Impuso su agenda: decidir el curso de acción a través de una dramatización de la época del Zar en San Petersburgo. La 45 que llevaba en su costado los disuadió se señalarle la demencia de su plan, así que no les quedó más opción que sentarse y buscar la manera de conseguir las cartas que necesitában para llegar al fondo del asunto.
A pesar de que quería meterle miedo, Budini no se dejó amedrentar. Él también llevaba un pedazo de fierro en el costado de su pantalón, y si las cosas se ponían feas, se aseguraría de usar al bonito actor como escudo humano mientras huía disparando. Detective que escapa sirve para tomarse un whisky en la fonda de la esquina, es lo que decía mi mentor cuando yo era apenas un muchacho.
La dramatización terminó con el resultado que Budini requería. Más adelante en las respuestas que los demás, soportando sus rostros de odio, comenzaba a entender que él era tan sólo un tonto, un chivo expiatorio que habían convocado para pagar la culpa de las decadencias y oscuros crímenes sexuales del actor, el fiscal y bueno, el mafioso no tenía miedo de la justicia, pero le divertía la crueldad de la idea.
Budini entonces ejecutó su movida magistral. Un juego de teatro llevado a cartas, con ritmo, y señales, diseñado para desenterrar las más profundas perversiones psicológicas. Y si bien en el proceso quedó en evidencia que Budini tenía unos cuantos esqueletos en el armario, mientras Giovanni Eurogiocchi y Vittorio di Santa María Novellis no paraban de pasarse la pelota entre ellos y reflotar siniestros recuerdos, el foco se lo llevó el actor. Porque una tras otra, sus viejas máscaras salían a flote y se caían, y los demonios de su personalidad volaban libres. Un espectáculo terrible, que asustó y marcó hasta al mafioso, con sus años de venganza a cuesta, él que creía que ya nada lo asombraba. Claro vencedor en el juego de señas, MacPeluf propuso ir atrás en el tiempo, más atrás, e involucrar un experimento psicológico pergeñado por el fiscal de distrito durante sus años de psiquiatra Mengeliano.
El nombre.... Imperios Milenarios.
La partida fue corta e intensa. Muchos murieron, otros ganaron poder, y quedó claro que los cuatro oponentes estaban en igualdad de condiciones. El mafioso, en el medio del asunto, se retiró bruscamente, cuando las cosas estaban en su punto más álgido. Temiendo una escena del Padrino 3, con helicóptero y todo, el fiscal, el detective y la estrella de cine decidieron huir cada uno a sus guaridas (incluso el actor se fue de su departamento rumbo a un escondite secreto, junto a sus admiradoras en ropa interior). A la mañana siguiente, el detective Toshiro Budini fue a comprar el diario esperando encontrar en las noticias algo que lo inculpara, algo que le hiciera pagar culpas que no tenía, pero no....
Nada, en las noticias. Nada. Apenas una nota pequeña en la página 25 acerca de una elegante reunión social en la casa de un reconocido actor, a la que habían concurrido figuras del orden público, notorios empresarios de la zona oeste, y algún que otro colado. Curiosamente, no había fotos.




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